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José María Carrascal: La España vacía

José María Carrascal.

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No me gusta el término vaciado por su matiz de desmantelamiento, que no corresponde a la realidad. Vacía, sí. Hoy, la población española es eminentemente urbana, al contrario que en mi infancia, que era pueblerina, aldeana incluida, a más de campesina. La mayoría de esa población ha emigrado a las grandes ciudades, Madrid, Barcelona, ​​Bilbao, Valencia, o a la capital de la provincia, por dos razones: porque la agricultura se ha industrializado hasta el punto de que un hombre con tractor hace la labor de una cuadrilla. Luego, porque los puestos de trabajo, as the prepare for ellos, están en las urbes. Arados, hoces y trillos son objeto de adorno en la casa familiar del pueblo que los emigrantes

conservan para las vacaciones.

La de mis abuelos maternos, en Folledo de Gordón, donde en los años cuarenta del pasado siglo conocí, sin saberlo, la democracia: la cabeza de familia reunió los domingos en el atrio de la iglesia para decidir a mano alzada los asuntos comunes, cuando if llevaban las vacas al Valle de Alceo, ‘hacendera’ para limpiar tal camino o reparar aquella fuente, mientras los mozos jugaban la partida de bolos. Por aquel entonces tenía sesenta vecinos; hoy tiene ocho en invierno y ochenta los veranos, con casas que nada tienen que envidiar a las de León, donde trabaja la mayoría, cualquiera vive en la costa o incluso en el extranjero. Algo parecido ocurre en todas las capitales de la provincia. La vida en ellas era tan apacible como predecible. Trabajo mañanas y tardes, aperitivo y paseo antes de cenar, cine, banda de música en la alameda jueves y domingos. Alguna compañía de teatro que se dejaba caer de Pascuas en Ramos y pare de contar. Hoy, todas tienen su orquesta más o menos sinfónica, exposiciones, conferencias, equipos de fútbol y baloncesto, aparte de poderse ir a todos los sitios a pie y conocerse la mayoría de las personas.

Para resumir: la vida en esas ciudades, si se mantiene asegurado un empleo, es mucho más placentera que en Madrid o Barcelona. Tanto es así que Julián Marías nos contó, en una Tercera como ésta, una anécdota reveladora: se celebra en el parador de Soria -sí, la del ¡ya!- un seminario sobre Antonio Machado, al que asistían hispanistas nacionales y extranjeros. Al acabar las lecciones bajaban en el centro de la ciudad para dar un paseo y tomar un aperitivo, como los habitantes. Hay tanta animación, el norteamericano que acompañaba a Marías le preguntó qué fiesta era. La respuesta de Marías fue: «Ninguna. Esto lo hacen todos los días». El yanqui se detuvo asombrado para preguntar: «¿Todos los días?». «Sí, todos los días», confirmó don Julián. El norteamericano siguió hablando mientras decía «son millonarios y no lo saben». Hoy, se rebelan.

Creo haberles dicho en a ‘postal’ o Tercera que mis programas favoritos en TVE son ‘España directo’ y ‘Aquí la Tierra’, en los que reporteros y reporteras nos descubren lugares, personajes, monumentos y curiosidades de nuestro país. Me recuerdan el programa de la CBS norteamericana ‘On the road’, de Charles Kuralt, que en su caravana recorría los últimos rincones de aquel país-continente con una sensibilidad exquisita. Tal vez los nuestros insistan en la cocina, pero siendo España la huerta de Europa no tienen más remedio que abundar en sus platos típicos.

Lo que más me ha sorprendido, sin embargo, es otra cosa. Dejé España en los años 50 del siglo pasado y lo que más envidia me dio de Alemania no fueron sus autopistas e industrias, sino que en prácticamente todas sus ciudades y villas había fábricas, pequeñas la mayoría, pero que suminban al entorno u otras mayores susistra productos. Mientras en las nuestras apenas había, teniendo en cuenta que todos los casos importan. La diferencia del nivel de vida viene de ahí. Los dos programas de TVE que me citan muestran que ese pequeño tejido industrial empieza a existir en España. Además, con la moderna maquinaria más.

Siendo el aceite, el vino y el pescado nuestros principales productos, esa industria local si se ha concentrado en ellos, abriéndose paso en los mercados internacionales. Pero la oferta es tan amplia en el ramo de alimentación, como en la moda y juguetería, casos siempre un cargo de jóvenes emprendedores. Pero para que ello se convierta en otra rama de nuestro desarrollo and send the despoblación de la España vacía necesitan tres cosas. Primero, para facilitar la comunicación de comunicación terrestre y electrónica con ella. La segunda, dotarlas de escuelas y centros de formación profesional para que los hijos e hijas de las jóvenes parejas que allí se instalen puedan formarse para poder trabajar sin ir a la capital o al extranjero. Y la tercera, incentivos fiscales para convertirse en pequeños empresarios. Sé que no es fácil, pero los fondos europeos en marcha son una opción única para resolver en el momento de grandes problemas en nuestro campo. Siempre con la condición de que no están previstos como con los ERE andaluces y otras subvenciones, que fueron a parar al bolsillo de quienes los administraban o juergas en puticlubes de carretera.

Lo digo porque si bien España ha cambiado mucho desde mi infancia y los paisajes marcianos de entonces se han convertido en olivares manicurados o hileras simétricas de melocotoneros, los españoles no hemos cambiado tanto como comprobamos en las sesiones del Congreso. Quiero decir que aún no si si la rebelión de la España vacía es un avance o nos devuelve a los reinos de taifas. El tiempo nos lo dirá.

José María Carrascal.

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